El experimento en la cárcel que acabó mal

junio 20, 2007 at 2:14 pm Deja un comentario

En 1971, 24 estudiantes de la Universidad de Stanford participaron en un polémico experimento, convirtiéndose en reclusos y guardias de una cárcel ficticia. Pero pronto se olvidaron de que era una simulación: unos perdieron la voluntad; otros mostraron conductas sádicas. El autor del estudio publica ahora un libro donde establece un paralelismo entre aquella experiencia y las recientes torturas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib.

Por Julio Valdeón Blanco

La bondad y su contrario resultan viscosos. Según el tópico, cuestionado hoy por un número apreciable de científicos, cualquiera, en el contexto adecuado, puede travestirse en verdugo. Nada nuevo. Ése fue el guante arrojado por los abogados de los nazis en Nuremberg. Sus defendidos gasearon a millones, sí, pero seguían órdenes. Los uniformes, el principio de autoridad, etcétera, explicaban la atrocidad y atenuaban la culpa. La idea fue rechazada. Muchos implicados fueron ejecutados o sentenciados de por vida. Sin embargo, prendió la idea de que el pueblo alemán sufrió una suerte de psicosis, una alucinación maléfica que salvaba a la Humanidad en perspectiva.

Intrigados por la maldad de tipos en apariencia normales y espoleados por el encargo de la Marina estadounidense de realizar un experimento que explicara los episodios de sadismo ocurridos en muchas de sus prisiones, Philip Zimbardo y otros psicólogos ejecutaron –en el verano de 1971– el denominado Experimento de la Universidad de Stanford.

A tal fin reclutaron estudiantes para simular las condiciones de una cárcel y solicitaron que unos actuaran como prisioneros y otros como guardias durante dos semanas. Todo sería controlado con monitores. Querían descubrir si aquellas condiciones fomentaban la crueldad; si las personas, enfrentadas a una situación de poder, reaccionaban de forma brutal. En teoría, el problema de las cárceles de la Marina consistía en que los individuos aspirantes a carceleros eran gente poco representativa del común, y las humillaciones, los malos tratos… quedaban explicados por unos procesos de selección erróneos. Eso creía Zimbardo, y eso pensó que demostraría.

De los 75 voluntarios que respondieron a los anuncios colocados en el campus, se seleccionaron 24. De forma aleatoria, 12 actuarían como presos y otros 12 como cancerberos. Los primeros serían confinados en una cárcel ambientada en el sótano del departamento de Psicología. Estarían allí dos semanas, si bien podían abandonar el experimento cuando quisieran (siempre que renunciaran a la paga por los días que faltaban, 15 dólares diarios). Los supuestos funcionarios de prisiones cumplirían turnos de ocho horas y el resto del tiempo regresarían a su vida normal. Recibirían uniformes caquis, gafas de espejo que impedían el contacto visual y porras. Zimbardo ejercería como superintendente.

Controlar la mente y la voluntad. El día anterior, en una reunión previa con los guardias, Zimbardo alertó contra el uso de la violencia y comentó que «podéis inducir en los prisioneros el aburrimiento, incluso el miedo; crear una noción de arbitrariedad y de que su vida está totalmente controlada por nosotros, por el sistema, y de que no tendrán privacidad… Vamos a despojarles de su individualidad de varias formas. En general, todo esto conduce a un sentimiento de impotencia. Es decir, en esta situación tendremos todo el poder y ellos no tendrán ninguno».

Los que aceptaron ser prisioneros fueron arrestados sin previo aviso en sus domicilios o en el campus por la policía, que colaboró en el experimento. Antes de ser conducidos a la cárcel fueron fichados en dependencias policiales; y una vez en prisión, desnudados, despiojados, vestidos con una especie de camisones y sin ropa interior, obligados a colocarse unas medias en la cabeza que simulara que la llevaban rapada y una cadena en el tobillo, calzados con unas chanclas de goma que les obligaban a caminar de forma artificial e identificados con números.

Al final del primer día, los reos iniciaron una rebelión, sofocada brutalmente por los guardias. Para hacerse valer usaron extintores y agredieron a los reclusos. Y los guardias extremaron su celo. Aplicaron una reglamentación salvaje. Mezclaron premios y castigos de forma aleatoria. Desnudaron a los prisioneros. Controlaron el uso del lavabo. Obligaron a los presos a realizar flexiones y simular actos homosexuales. Les forzaron a limpiar las letrinas con las manos desnudas. Dividieron a los reclusos entre buenos y malos: argumentaron que los malos eran delatores, perjudicaban a los buenos y merecían sus castigos. Durante la noche, creyendo que las cámaras estaban apagadas, muchos guardias extremaron la crueldad. Al menos un tercio de ellos, según los psicólogos, parecía disfrutar con los castigos y practicaba conductas que los catalogaba como «sádicos». Un amplio número de funcionarios solicitó realizar horas extraordinarias, sin paga.

El recrudecimiento de los correctivos y su aparente arbitrariedad resquebrajó la psique de los presos. Casi todos sufrieron trastornos del comportamiento. Algunos fueron liberados antes de tiempo. Otros pedían la «libertad condicional», olvidando, al menos en apariencia, que podían irse cuando quisieran. Cuando su libertad era negada, aceptaban el resultado con resignada pasividad. Muchos actuaban como autómatas o zombis. La situación llegó a ser tan dura que incluso Zimbardo comenzó a creerse su papel de director de la cárcel. Once días antes de lo ideado, decidió terminar el experimento. En teoría, Zimbardo demostró la fuerza de la «obediencia debida» y el poder de sugestión de la autoridad, pero la idea previa de que sólo individuos con historiales violentos actuarían como verdugos quedó mermada. Según el psicólogo, fueron las circunstancias las que hicieron de los participantes unos monstruos. También resultaba claro que, ante una situación de violencia, la mayoría de las personas no reaccionaba como héroes. Preferían someterse a la injusticia y evitar sanciones, incluso con perjuicio de sus compañeros.

Zonas oscuras de la personalidad. Muchos investigadores cuestionan tanto la legitimidad ética del experimento como el método científico empleado. Sus resultados, dicen, no son verificables; Zimbardo y los suyos ejercieron un papel subjetivo, involucrándose demasiado; el experimento sólo fue realizado con un grupo de personas, una sola muestra, y además su duración fue demasiado corta. Zimbardo nunca volvió a involucrarse en un experimento tan radical. A sus 74 años goza de gran prestigio, y en 2002 fue nombrado presidente de la Asociación Americana de Psicología. Los estudiantes, protagonistas de aquella experiencia, fueron seguidos durante años, a fin de detectar posibles cicatrices. Ninguno mostró desórdenes importantes ni incurrió en actos violentos, desarrollando sus vidas sin aparente problema. Muchos, o al menos eso asegura Zimbardo, incluso agradecieron la experiencia. Arguyen que, gracias al experimento, descubrieron zonas oscuras en su personalidad, alertándolos ante futuras tentaciones.

Como antecedente a la prisión de la Universidad de Stanford cabe citar un experimento de orden similar, realizado en 1963 en la Universidad de Yale por un compañero de Zimbardo, Stanley Milgran. Reputado psicólogo social, Milgran quería averiguar «cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico». El experimento consistía en que uno de los voluntarios aplicaba (supuestas) descargas eléctricas sobre otro voluntario –previamente atado a una silla eléctrica– cuando éste respondía mal a un cuestionario. Quien aplicaba el voltaje creía en la realidad de la prueba. Desconocía que las descargas eran falsas y que el sujeto atado era un actor aleccionado para retorcerse conforme éstas aumentaban y llegando a un supuesto coma a partir de los 300 voltios. Cada fallo daba lugar a un aumento del voltaje, que podía llegar a los 450 voltios y estaba marcado con un símbolo de muerte. Antes de las pruebas Milgran preguntó a estudiantes y colegas del departamento qué porcentaje alcanzaría los 450 voltios. Todos pensaron que apenas llegaría un 1,5%. Craso error. Un 65% de los voluntarios lo hizo. Nadie paró antes de los 300 voltios. Cierto que muchos protestaron, pero la mayoría torturó hasta el final. Experimentos posteriores han confirmado que el porcentaje es siempre similar.

Zimbardo y Milgran hicieron de la psicología un campo de batalla y retorcieron el empirismo. Siguiendo su estela otros probaron caminos afines. Cuando un grupo de niños fue aleccionado para rechazar a otros por minucias como el color del pelo los resultados fueron aterradores. Hoy ningún departamento ampararía simulaciones tan extremas, si bien, gracias a ellas, la mayoría de los psicólogos sociales disfruta de un campo de pruebas rico en sombras y abierto a múltiples interpretaciones. Quedan, para quien quiera verlos, los vídeos de aquellos días, un paseo por el Hades que evidencia nuestra tozuda voluntariedad para el sadismo. Al amparo de un uniforme, ciudadanos normales mostraron colmillos de vampiro.

Veintiséis años después, sucesos como los de la prisión iraquí de Abu Ghraib corroboran lo advertido por Zimbardo y compañía. Así, el escándalo de las torturas infligidas a presos iraquíes por soldados americanos ha llevado al padre del experimento Stanford a escribir «The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil» (El efecto Lucifer: cómo la gente buena se convierte en mala). El libro pone de manifiesto los paralelismos que existen entre su estudio y las vejaciones en Abu Ghraib. Además, en 2008 llegará a la gran pantalla The Stanford Prison Experiment, dirigida por Christopher McQuarrie, guionista de la oscarizada Sospechosos habituales.

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