El aprendizaje del dolor

enero 24, 2008 at 12:00 am Deja un comentario

Dado que las tragedias existen y existirán sin que podamos hacer nada por evitarlo, ¿por qué no tratar de aprovecharse de ellas en vez de permitir que nos hundan para siempre? No todos reaccionamos de igual manera ante el dolor. Un hecho traumático puede dejar secuelas de por vida en unos mientras a otros los fortalece y los hace madurar como individuos. Esa diferencia de reacciones llega a darse incluso en una misma persona, tan pronto sumida en la postración a causa de un acontecimiento adverso como en otras circunstancias capaz de superar tragedias de mayor gravedad con entereza y buen ánimo. Aunque tendemos a asociar el tamaño de la herida con la intensidad del suceso que la ha causado, la vulnerabilidad varía en función de muy diversos factores que van desde el temperamento hasta la fortaleza afectiva y desde el amparo social hasta los recursos psicológicos de cada uno. La aptitud para afrontar los acontecimientos vitales dolorosos y sobreponerse a las situaciones de fuerte vapuleo emocional es lo que se conoce como resiliencia. El término ‘resiliencia’ está tomado de la física, donde se emplea para expresar la capacidad de determinados materiales de volver a su forma original después de haber sido manipulados o sometidos a choques y altas presiones. De forma análoga, la resiliencia en psicología se refiere no sólo a la resistencia a un trauma -lo que en lenguaje común llamaríamos fortaleza, resignación o coraje- sino también a la asimilación del proceso con madurez, sin que provoque deterioros en el individuo. Eso no significa la eliminación del sufrimiento ni de sus efectos inmediatos; el resiliente es aquel que consigue sobreponerse, pero no el que se rodea de mecanismos de protección, escapismo y autoengaño para no afrontar la realidad y así eludir cualquier clase de padecimiento. Resistencia

Aunque el concepto de resiliencia ha ingresado en la psicología prácticamente en el siglo XXI, ya en años anteriores se dieron a conocer varios estudios que conducirían hasta él. Uno de ellos, efectuado en Hawai por Emmy Werner y Ruth Smith, sirvió para derribar muchos de los mitos deterministas en vigor sobre las inevitables consecuencias negativas de una infancia desgraciada. Werner y Smith observaron a lo largo de treinta años la evolución de cerca de 700 niños nacidos en condiciones miserables. Al cabo del tiempo, el 80% de ellos se había desarrollado como gente responsable, competente y equilibrada cuando no totalmente feliz. Otros estudios posteriores ofrecieron conclusiones similares respecto a supervivientes de catástrofes, heridos en atentados, familiares de fallecidos en accidentes, enfermos de cáncer o víctimas de abusos y maltratos. Frente a la creencia común de que estaban condenados a cargar para siempre con el lastre del trastorno, se comprobó que en un número muy elevado de casos habían sacado algún beneficio espiritual, emocional o intelectual en su maduración. Unos se habían vuelto más tolerantes y comprensivos; otros habían aprendido a valorar las cosas pequeñas y a no desperdiciar los buenos momentos de la vida; otros, en fin, se habían fortalecido frente a las adversidades y no concedían importancia más que a lo verdaderamente importante. «Hay que sufrir para ser feliz» afirma Boris Cyrulnik, uno de los principales especialistas en la materia (‘La maravilla del dolor’, ed. Granica, 2000; ‘De carne y alma’, ed. Gedisa, 2006), exagerando tal vez sus planteamientos para hacer comprender la importancia de la resiliencia. Para Cyrulnik, tanto la psicología como los discursos culturales imperantes plantean consideraciones negativistas sobre el doliente que impiden a éste superar su condición. Se diría que a las víctimas no se les deja otra opción que la de redondear la tarea del agresor o del destino. Nos fijamos más en los que caen que en los que se levantan, cosa que nos honra desde el punto de vista de nuestra capacidad de compasión, pero que no ayuda nada a superar los traumas. Nuestra «cultura de la victimología» estigmatiza en cierto modo a quienes se manejan con resiliencia. Mucha gente sigue creyendo que la única respuesta posible -y moral- a la desgracia es otra desgracia, y no concibe que se pueda hablar de ‘beneficios’ después de un trauma. Por eso miramos con malos ojos a los viudos y viudas que tratan de reconstruir su vida con otra pareja o a los enfermos que no se quejan amargamente. Algo raro les está pasando, nos decimos para nuestros adentros. O una de dos: o no saben estar a la altura de las circunstancias -y aquí altura es lo mismo que abatimiento absoluto- o no son conscientes de sus desgracias y, por tanto, tarde o temprano acabarán cayendo en una depresión más profunda. Pero siempre habrá quien se comporte como canta el Dúo Dinámico en ‘Resistiré’ (una exhortación musical a la resiliencia ‘avant la page’): «Aunque los vientos de la vida soplen fuerte / soy como el junco que se dobla / pero siempre sigue en pie». Aunque en la moneda salga cruz, quizá somos menos frágiles de lo que creíamos (y de lo que se empeña en sostener la psicología patogénica que sólo se fija en las flaquezas y no en las potencialidades del ser humano) y estamos genéticamente programados para hacer bueno el dicho de «no hay mal que por bien no venga». Incalculable

La capacidad humana de resistencia es incalculable, como lo han demostrado tantos y tantos seres sometidos a experiencias extremas. No por ello hay que concluir que la mejor educación será aquella que fomenta los miedos, el sufrimiento y el castigo de «la letra con sangre entra». El hecho de que el dolor bien asimilado pueda ser fuente de crecimiento personal no invalida la pedagogía basada en el afecto, la seguridad, la alegría y el placer. Pero, dado que las tragedias existen y existirán sin que podamos hacer nada por evitarlo, ¿por qué no tratar de aprovecharse de ellas en vez de permitir que nos hundan para siempre?.

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