Psicología del conductor

julio 27, 2008 at 2:16 am Deja un comentario

Algunos conductores llegan a sentirse humillados al tener que respetar ciertas normas de prudencia que disminuyen los riesgos y peligros del tráfico. otros estiman intolerable, casi una limitación de sus propios “derechos”, la obligación de seguir con paciencia otro vehículo que viaja a baja velocidad. hay que respetar las señales de tránsito.


INTRODUCCIÓN

Ya una vez recogí, en uno de mis trabajos, datos y reflexiones, aportados por el Pontificio Consejo para la Pastoral de Emigrantes e Itinerantes sobre la movilidad humana en la vida de los pueblos y, particularmente, en las carreteras.

Hoy quiero ser, de nuevo, canal de dicho Pontificio Consejo, para transmitir otros datos y reflexiones sumamente interesantes sobre la psicología y el comportamiento de los conductores.
Considero que difundirlos en su pureza literal ayudará a que muchos conozcan quiénes ellos son realmente, cuando se sientan al volante, y puedan, tal vez, corregir abusos en el modo de utilizar un vehículo.
He aquí, pues, algunos rasgos claves de la psicología particular de un conductor y aspectos morales, que se deben tener en cuenta en la conducción.
Son textos literales, tomados todos ellos del Documento “Orientaciones para la Pastoral de la Carretera-Calle”, Mayo 2007, # 22-48 del citado Pontificio Consejo.

1. Evasión de la vida diaria y placer de conducir. “Al ponerse al volante del coche, algunos prenden el motor para lanzarse a la carrera, con el objeto de evadirse de los ritmos apremiantes de la vida diaria vinculados al trabajo.

El placer de conducir llega a ser una manera de gozar de la libertad y la autonomía de las que habitualmente no se dispone.
Lleva también a practicar deportes de carretera, como el ciclismo y el motociclismo, a participar en carreras de automóviles con un sentido sano de competencia, aunque con los peligros correspondientes.
Puede suceder que las prohibiciones impuestas por las señales del tráfico se consideren como limitaciones de la libertad.
Especialmente cuando se sienten ni vistos ni controlados, algunos tienden a quebrantar esas barreras, que, en cambio, se han puesto para su protección y la de los demás.
Algunos conductores llegan a sentirse humillados al tener que respetar ciertas normas de prudencia que disminuyen los riesgos y peligros del tráfico.
Otros estiman intolerable, casi una limitación de sus propios «derechos», la obligación de seguir con paciencia otro vehículo que viaja a baja velocidad, porque las señales del tráfico indican, por ejemplo, la prohibición de adelantarse.
Es preciso tener en cuenta que la personalidad del conductor al volante es distinta a la del peatón. Circunstancias especiales, cuando se conduce un vehículo, pueden llevar a un comportamiento inadecuado e incluso poco humano.
Vamos a considerar, en seguida, los principales factores psicológicos que influyen en el comportamiento del conductor”.

2. Instinto de dominio. “El instinto de dominio, o sentimiento de prepotencia, en el ser humano, impulsa a buscar el poder para afirmarse. La conducción de un automóvil da la posibilidad de ejercer fácilmente ese dominio sobre los demás.

Identificándose con el automóvil, el conductor siente aumentar el propio poder, que se expresa en la velocidad, lo que da lugar a un placer, el de conducir, precisamente.
Todo esto puede llevar al conductor a querer experimentar la euforia de la velocidad, manifestación característica del aumento de su poder.
Disponer libremente de la velocidad, tener la posibilidad de acelerar a voluntad y de lanzarse a la conquista del tiempo, del espacio, adelantándose, “sometiendo”, casi, a los demás conductores, llegan a ser fuentes de una satisfacción que nace del dominio”.

3. Vanidad y exultación personal. “El automóvil se presta, de manera especial, a que el propietario lo utilice como objeto de ostentación de sí mismo y como medio para eclipsar a los demás y suscitar sentimientos de envidia.

La persona se identifica, así, con el coche y proyecta en él la afirmación del ego.
Cuando elogiamos nuestro automóvil, en el fondo, nos elogiamos a nosotros mismos, porque nos pertenece y, sobre todo, porque lo conducimos.
Muchos automovilistas, incluso ya no muy jóvenes, se ufanan con gran gusto de los récords logrados y de las altas velocidades alcanzadas; es fácil constatar cómo es de molesto ser considerados malos conductores, aunque lo reconozcamos”.

4. Desequilibrio en el comportamiento. “Los comportamientos poco equilibrados varían según las personas y las circunstancias: falta de cortesía, gestos ofensivos, imprecaciones, blasfemias, pérdida del sentido de responsabilidad, violaciones deliberadas del Código de circulación.

En algunos conductores, el desequilibrio comportamental se manifiesta en formas insignificantes, mientras que en otros produce graves excesos que dependen del carácter, del nivel de educación, de la incapacidad de autocontrol y de la falta del sentido de responsabilidad”.

5. Un fenómeno que no es patológico. “Dichos excesos se pueden encontrar en muchísimas personas normales.

Estos fenómenos de desequilibrio comportamental, que pueden tener graves consecuencias, se consideran, sin embargo, dentro de los límites de la normalidad psicológica.
La conducción de un automóvil hace brotar del inconsciente inclinaciones que, por lo general, «controlamos» cuando no vamos por la calle. Si estamos al volante, en cambio, los desequilibrios se manifiestan, se privilegia la regresión a formas de comportamiento primitivas.
La conducción se debe considerar como cualquier otra actividad social que supone un compromiso a mediar entre las exigencias del yo y los límites impuestos por los derechos de los demás.
El automóvil, en fin de cuentas, tiende a mostrar al ser humano tal como es en su forma «primitiva», y eso puede ser muy poco agradable.
Hay que tener en cuenta estas dinámicas y reaccionar, recurriendo a las tendencias nobles del ánimo humano, al sentido de responsabilidad y al control de sí mismos, para impedir esas manifestaciones de regresión psicológica, vinculada con bastante frecuencia a la conducción de un medio de locomoción”.

6. Conducir quiere decir “convivir”. “La «convivencia» es una dimensión fundamental del hombre; por consiguiente, la carretera debe ser más humana.

El automovilista, al volante, no está nunca solo, aunque no haya nadie a su lado. Conducir un vehículo es, en el fondo, una manera de relacionarse, de acercarse, de integrarse en una comunidad de personas.
Esa capacidad de «convivir», de entrar en relación con los otros, supone en el conductor algunas cualidades concretas y específicas: ser dueño de sí mismo, la prudencia, la cortesía, un espíritu de servicio adecuado y el conocimiento de las normas del Código de circulación.
Habrá que prestar una ayuda desinteresada a los que la necesitan, dando ejemplo de caridad y hospitalidad”.

7. Conducir quiere decir “controlarse”. “El comportamiento de la persona se caracteriza por la capacidad de controlarse y dominarse, de no dejarse llevar por los impulsos.

La responsabilidad de cultivar esta capacidad personal de control y dominio es importante, tanto por lo que respecta a la psicología del conductor, cuanto por los gravísimos daños que se pueden causar a la vida y a la integridad de las personas y de los bienes, en caso de accidente”.

8. Conducir quiere decir “cumplir unas normas”. “Considerando todo esto, para salvaguardar los derechos y evitar los daños causados por accidentes, las Autoridades públicas establecen una serie de normas penales.

Desafortunadamente, en la práctica, el carácter obligatorio de tales normas no se tiene en cuenta, se atenúa fácilmente o incluso desaparece en la conciencia de los conductores, precisamente porque dichas normas pertenecen al ámbito del Código penal, es decir a acontecimientos considerados no ordinarios, sino extraordinarios.
Esto pone más fácilmente al conductor en la condición de actuar contra la norma, con la esperanza de que la Autoridad que tendría que castigarlo no lo sorprenda”.

9. Conducir quiere decir “no matar”. “Es claro, a este respecto, que una pedagogía en favor de la cultura de la vida, en defensa del mandamiento «No matar», se hace siempre más necesaria.

Desde esa misma perspectiva, son muy útiles las distintas campañas en favor de la seguridad de la circulación, la mejora de los medios públicos de transporte, el trazado seguro de las carreteras, la señalización y la pavimentación adecuadas de las vías de comunicación, la supresión de los pasos a nivel no custodiados, la creación de una mentalidad pública responsable, a través de asociaciones específicas, así como la colaboración, con los usuarios, de los encargados del servicio de carreteras”.

10. Conducir quiere decir “no derramar sangre”. “El Papa Pablo VI afirmó lo siguiente: Demasiada es la sangre que se derrama cada día en una lucha absurda contra la velocidad y el tiempo; y mientras los Organismos internacionales se dedican a sanar dolorosas rivalidades, mientras se realiza un maravilloso progreso en la conquista del espacio, mientras se buscan los medios adecuados para sanar las plagas del hambre, de la ignorancia y de la enfermedad, es doloroso pensar cómo, en todo el mundo, innumerables vidas humanas siguen sacrificándose cada año a ese destino inadmisible.

La conciencia pública debe sacudirse y considerar el problema como uno de los más difíciles, que ponen en alerta la sensibilidad y el interés del mundo entero”.

11. Conducir significa “responsabilidad moral” “La responsabilidad moral del usuario de la carretera, conductor o peatón, deriva de la obligación de respetar el quinto y el séptimo mandamiento: «No matar» y «No hurtar».

Los pecados más graves contra la vida humana y contra el quinto mandamiento son el suicidio y el homicidio, pero este mandamiento exige también el respeto de la propia integridad física y psíquica y de aquella de los demás.
Son actos contra estos mandamientos las imprudentes distracciones y negligencias, cuya gravedad moral se calcula según el grado en que sean previsibles y, en cierto modo, intencionales”.

12. Conducir significa “evitar excesos”. “La ley moral prohíbe exponer a alguien a un serio riesgo, sin una razón grave, así como rechazar la asistencia a una persona en peligro.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de excesos: el abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas.

Quienes en estado de embriaguez, o por afición inmoderada de la velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen gravemente culpables”.

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